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24

feb 2020

Desamparo

24 de Febrero de 2020.

Artículo del secretario de Estudios y Asesoramiento Jurídico y Sindical de CCOO Castilla y León, Carlos Castedo, publicado el 24 de febrero de 2020 en el Norte de Castilla.

"Hace unas semanas se me cayó el móvil del bolsillo mientras volvía a casa en la moto. Cuando, alertado por otro conductor, conseguí volver al lugar en que había caído no había ni rastro del teléfono; pregunté a quienes estaban por allí y nadie supo darme explicaciones pero como no yacía despanzurrado por el tráfico intuí que alguien lo habría recogido de la calle. La policía municipal me dijo que como eran las tres de la tarde del viernes, no podrían informarme en objetos perdidos hasta el lunes. Al llegar a mi casa llamé a la compañía con el teléfono fijo cuya existencia apenas recordaba, su personal me atendió con amabilidad y decidimos bloquear la línea excepto para recibir llamadas, por lo que pude llamarme en varias ocasiones a lo largo de la tarde, hasta que finalmente acabé oyendo la voz de quien en pocos minutos me devolvió mi terminal, magullado pero funcionando".


Explico esto porque un hecho tan sencillo me devuelve la fe en que las personas nos ayudemos en situaciones de infortunio; lo viví de niño cuando mi padre perdió la cartera y una llamada telefónica se la devolvió intacta, lo que hizo que entre mi familia y la de aquella persona se tejiera una amistad que duró mucho tiempo. Cuando el otro día fui a recoger mi móvil, desconocía a quién tendría que agradecer el gesto; resultó ser una persona pública de Valladolid, un político cuyas ideas no comparto y, sin embargo, la dignidad del ser humano es ayudar a quien lo necesita y agradecer la ayuda recibida, por encima de ideologías y de clases.

Este artículo es mi gesto de agradecimiento a Martín, pero no quiero dejar pasar la oportunidad sin hacer una reflexión sobre lo que el móvil supone en nuestras vidas -al menos en la mía-. Ese viernes viví una fuerte sensación de desamparo que me hizo ser consciente del alto grado de dependencia que tengo del terminal. No es una adicción, es una dependencia material derivada de no recordar el número de ninguno de los contactos que guardo en él -si acaso un par de fijos históricos-; de tener mi agenda en el terminal y por tanto no saber qué tarea, reunión o evento tenía en las horas siguientes; había perdido el historial de llamadas, mensajes, wasaps, etc;, había perdido cientos de fotos, porque al final nunca encuentro el momento para sacarlas del teléfono -ya no digo de imprimirlas-.Y especialmente sentí desamparo por pensar que entre mis contactos hay mucha gente que no sabe de mí más que a través de ese terminal y que difícilmente iban a poder contactar conmigo hasta que fuese capaz de sustituirlo por uno nuevo y de ponerlo a punto; y eso es especialmente agobiante cuando uno es de los que en el trabajo suele estar disponible a todas horas.

Ya sé que hoy en día la pérdida del móvil apenas tiene riesgos si se han seguido unas cuantas pautas de seguridad y sé que toda la información está en la nube, pero será que uno es excesivamente confiado, o tal vez sea que recelo de las “seguridades” que significan compartir urbi et orbe hasta lo más íntimo que se escribe o se habla, o simplemente que soy perezoso para llevarlas a cabo. Les aseguro que aprendí de la experiencia y estoy convencido de que tengo que cambiar mis hábitos con el móvil (si hubiera escrito esto con él, aquí iría una carita con guiño).

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