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28

may 2018

Educación religiosa, un oxímoron a desterrar

28 de Mayo de 2018. Carlos Castedo, secretario de Estudios y Asesoramiento Jurídico y Sindical de CCOO Castilla y León

El Tribunal Constitucional ha avalado recientemente que los centros educativos que separan a los niños de las niñas puedan recibir fondos públicos, unos centros que mayoritariamente están vinculados a la iglesia católica. No pretendo teorizar sobre las ventajas sociales que tiene la coeducación porque para ello me basta con apelar a mi generación a que eche la vista atrás y recordar los tiempos que sufrimos en España cuando la propia educación pública nos “educaba” de forma segregada, no sólo en cuanto a espacios, sino en contenidos y en actividades; quienes como yo lo vivieron, saben de lo que hablo.


Mi intención es provocar la reflexión colectiva sobre el papel que la religión católica juega todavía en las vidas de las personas que habitamos en este Estado no confesional y, en particular, en la educación de nuestros niños y niñas y de nuestra juventud. Y de establecer en qué manera y en qué medida, quienes salen de nuestras aulas, son resultado de un sistema educativo que sustituye el conocimiento de los valores de convivencia democrática por la interiorización de los dogmas religiosos que, en bastantes ocasiones, son contrarios a aquéllos.

No se trata únicamente de que España sea el segundo país del mundo en el que la enseñanza concertada tiene mayor peso, ni de que Castilla y León sea una de las comunidades autónomas con mayor presencia de ella, que además es católica casi en su totalidad. Esto supone que mediante este procedimiento se financien con fondos públicos los centros con “ideario”, de modo que, mientras que entre 2009 y 2016 el gasto educativo en nuestra Comunidad se redujo un 11,5%, el dinero destinado a conciertos educativos se incrementó un 2,6%.

Se trata, también, de que el catolicismo ha recuperado presencia en la enseñanza pública, si es que alguna vez la había perdido; algo alejado de lo que cabía esperar en un Estado que hace más de cuarenta años que desvinculó sus instituciones –al menos formalmente- del credo y la curia vaticana. Un ejemplo de ello es que en los centros públicos haya profesorado que ha sido seleccionado por el obispo de la zona, en función de que su vida personal sea, o no, concordante con los principios “de la fe”.

Se trata en fin, de que la jerarquía eclesiástica católica, que tantas veces se muestra contraria a la evolución de los tiempos, impone a la sociedad española la obligación de impartir la doctrina católica en los centros sostenidos con fondos públicos y la de financiar sus centros educativos con ideario religioso, incluidos los centros segregadores, cuestiones que no tienen nada que ver con el estado aconfesional que, según nuestra Constitución, debería ser España.

Es incomprensible que se plantee a nuestra juventud la necesidad de escoger entre una asignatura de valores éticos y otra asignatura que tiene contenido doctrinal, cuya oferta es obligatoria en los centros educativos, y cuyo currículo es competencia de “las autoridades religiosas”; sólo pondré como ejemplo el primer objetivo del currículum de educación infantil (niños y niñas de 3 años) “Descubrir y conocer el propio cuerpo, regalo de Dios”. Incomprensible porque quienes, en base a esta norma, optan por la asignatura de religión, no reciben formación sobre justicia, responsabilidad, libertad, respeto, tolerancia, etc, a la que sólo acceden quienes optan por la asignatura de valores éticos, eso sí, aprenden a cambio los principios y la liturgia de una fe que discrimina a las mujeres, que promueve la sumisión frente a la rebeldía, que rechaza la libertad sexual...

Cuando la jerarquía eclesiástica vio que el alumnado dejaba de matricularse en la asignatura de religión, -nada extraño por otra parte si tenemos en cuenta que en la actualidad solo se bautiza a una de cada dos personas nacidas en España-, quienes en el ámbito político se vinculan a ella nos impusieron una ley educativa –la LOMCE- en la que la religión está considerada como una asignatura más en cuanto a sus calificaciones para el cálculo de la nota media de los expedientes de alumnas y alumnos, algo que ni siquiera ocurría en los tiempos del franquismo, consiguiendo que haya quien vea en ello una vía para aumentar las posibilidades de acceder a la universidad. Porque en primero de Bachillerato la religión tiene el mismo valor académico que un segundo idioma pero no se pueden elegir a la par. Así que nos quejaremos del nivel de idiomas de las y los jóvenes pero si a esa edad nos diesen a elegir entre religión y un segundo idioma, o el conocimiento de la cultura científica, o las TIC, la respuesta en muchos casos estaría clara: lo primero es la nota.

Es lógico que una sociedad que se educa de esta manera no se indigne cuando sus instituciones públicas ponen la bandera a media asta en semana santa, cuando un ministro habla con su ángel de la guarda, o cuando sus dirigentes políticos –incluido el ministro de Educación- participan en procesiones cantando “soy el novio de la muerte”, mientras dejan morir en las fronteras a quienes lo que necesitan es acogimiento y refugio, esto es, justicia, respeto y solidaridad, o sea, principios éticos. Espero equivocarme, pero de aquí a tener que volver a rezar al comienzo de las clases sólo queda un paso. Ah, calla, si eso ya se hace en muchos centros.

Artículo Publicado en el diario Norte de Castilla el 28-05-2018

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